ARSINOE

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En una alfombrilla fabricada de juncos, esperaba arrodillada Arsinoe. El olor a azafrán y mirra llenaban el ambiente, mientras las tres esclavas preparaban su baño. Era un momento importante, había sido seleccionada entre todas las jóvenes de Egipto para ser una de las concubinas del faraón. Y como todos sabían, era un gran honor para las mujeres y sus familias. Por ello, los nervios le corrían por el torrente sanguíneo, provocándole un temblor en las manos que intentaba disimular.

Después de lavarla con el agua perfumada, las siervas untaron su cuerpo con aceite de canela y la vistieron con una túnica ceñida al cuerpo. Maquillaron sus ojos con kohol dejando una línea perfectamente negra y la acompañaron a la sala central, donde se encontraría con el soberano. Un gran banquete presidía el lugar, los mejores manjares del Nilo habían sido decorados con flores de loto azul, mientras un leve humo ascendía de los cuencos con brazas, lirios y azafrán.

Un hombre joven entró desde otra puerta, era guapo, su cuerpo bien formado resaltaba debajo de la túnica. Debía ser el faraón, pero en realidad no estaba muy segura, jamás había podido observarlo tan de cerca. Con un acto de coraje que jamás imaginó que tendría, se acercó para acariciar el suave lino que cubría los pectorales de aquel semidiós. Él, la observó unos instantes, como confuso, pero de inmediato la sujetó por la nuca e inundó sus labios con un beso. El aroma dulce de ese ser era embriagante, colándose por cada rincón de su piel y provocando que inevitablemente se rindiera a sus brazos. Con sus suaves manos fue recorriendo su cuerpo, remarcando cada curva como un fino escultor y produciendo un placer tan extremo, que tan solo un dios podría manifestar. Con un leve gemido que escapó de su boca, el hombre la colocó en la posición ideal, apoyándola despacio sobre la mesa, y la penetró. Lento, Arsinoe abrió sus ojos para encontrarse con la mirada más hermosa que haya visto. Su cuerpo fornido y curtido por el sol la abrazaba, y el fuego de los candiles dejaba ver un cabello oscuro cortado casi al ras. En el suelo descansaban las túnicas entremezcladas, mientras el olor a deseo inundaba el lugar. Como una sinfonía que llega a su final, los movimientos acompasados fueron disminuyendo hasta quedar abrazados, con la piel brillosa por el sudor y la respiración agitada.

 

 Seleccionado para publicar en antología, Febrero 2019.

       Todos los derechos reservados.

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