PARÁLISIS

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La parálisis afectaba a todo su cuerpo. Ana, por más que intentaba moverse, no lo lograba. Podía escuchar claramente el murmullo detrás de una puerta, los pasos de alguien acercándose y hasta la gota que caía impertinente, tal vez de en un grifo mal cerrado. Le ardía la garganta a causa de la sed y un fuerte dolor de cabeza le nublaba los pensamientos, pero de moverse, nada. Intentó gritar, pero no logró emitir sonido alguno. La desesperación recorría su cuerpo como una onda eléctrica y aunque no conseguía sentir su respiración, estaba segura de que sería desenfrenada de la misma manera que lo hacían las mil pulsaciones por hora de su corazón. El sitio donde se encontraba recostada era frio y duro, y entumecía los músculos de su espalda.

—Tengo la chica de la habitación 23 ¿Qué hago con ella? —preguntó una voz gruesa cerca de su cabeza.

—Esa va para la nevera. Hasta que el juez de guardia no firme la autorización para la autopsia no podemos empezar a trabajar.

            ¡Debía despertar! Todo esto tenía que ser un mal sueño, una pesadilla retorcida y macabra que la atacó al llegar a casa después de volver del baile de graduación. Las voces comenzaron a alejarse y el sonido de una puerta al cerrarse la impacientó aún más. El frio le fue comiendo el cuerpo poco a poco, y segundos después perdió la conciencia. Sin saber cuánto tiempo había pasado, se despertó otra vez con la misma parálisis y escuchando la gota que caía impertinente de algún grifo cercano.

El enterrador cerró la tapa de la tumba familiar después de haber metido el ataúd en el sitio que quedaba libre, y esperó unos minutos en silencio mientras el joven aprendiz lo miraba atento.

—Era tan solo una niña. Encontraron el cuerpo casi sin vida al lado de la carretera 48, pero no pudieron hacer nada. Falleció apenas llegó al hospital —dijo el sepulturero antes de terminar de acomodar el lugar.

—Dicen que los que tienen muertes violentas o antinaturales, repiten una y otra vez los últimos minutos que permanece su alma en el cuerpo aún caliente. —El aprendiz miró fijamente la puerta de granito temiendo que eso estuviera ocurriendo allí dentro.

—Anda, calla tonto, calla. Déja de hablar idioteces y ayúdame con el siguiente. —El enterrador y su ayudante siguieron el camino adentrándose más en el cementerio.

 

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