LA CENA

LA CENA

Eva decidió pasar la noche en un viejo hostal en un pueblo alejado de la carretera principal, después de conducir durante todo el día su vieja furgoneta Chevrolet. El ambiente decrépito de la zona no le agradaba mucho, pero estaba segura de que no sería capaz de seguir al volante muchos kilómetros más. Al bajar del vehículo, las pocas miradas recelosas de la zona le hicieron inclinar la cabeza, aunque rápidamente, desaparecieron entre las cortinas de las ventanas. Se cubrió con su chaquetón bermellón y caminó lo más rápido que pudo hasta la entrada del hostal. El leve viento helado le congelaba el rostro y el entorno se le hacía extrañamente incierto, hasta tal punto que se le erizó aún más la piel.

          A los pies de la angosta acera y apoyada en la pared, dormitaba una joven minusválida. La tela del pantalón sobrante enrollada hacia arriba dejaba ver la falta de las extremidades. Con la pena en sus ojos, Eva pasó por delante de la muchacha dejándole algunos euros en el suelo mientras cruzaban sus miradas, pero la chica gimió de forma extraña logrando sorprender a Eva, quien se alejó y entró rápido a la casona. El calor del hogar hizo olvidarse por completo de la vagabunda en un instante.

          Una vez contratada la habitación, se sentó en una de las mesas del comedor esperando que le sirvieran la cena. Cuando el chef entró en la sala, el olor que repartía aquel plato que llevaba en sus manos, hizo que enseguida la boca se le hiciera agua.  El guiso era de color oscuro y con una carne elástica, pero de un sabor indescriptible. Eva pasó el último trozo de pan por el plato ya vacío, buscando los resquicios de aquella cena tan exquisita. Agotada y ahora con el estómago saciado, saludó a la vieja conserje y se retiró a su habitación.

          La luz brillante y molesta del sol le traspasaba los párpados, y hacía que su piel le ardiese. Desorientada, aturdida y muy confusa, intentó abrir los ojos buscando algún objeto familiar que le evocara la habitación donde durmió la noche anterior. Lo último que recordaba era la copiosa cena y caer exhausta en la cama. Algo no iba bien, acelerándose el pulso intentó hablar, pero fue imposible, como si la lengua no se encontrara en su sitio. Estiró la mano izquierda hasta rozar la tela doblada del pantalón y apretada con unas pinzas a la cintura. Desesperada intentó gritar, pero solo consiguió que un sonido gutural saliese de su boca, mientras una joven con un chaquetón bermellón le dejaba unos euros en el suelo antes de entrar al hostal.

 

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