HALLOWEEN

Abigail no recordaba muy bien cómo llegó hasta allí, la bebida le estaba jugando una mala pasada, pero por nada del mundo estaba dispuesta a arruinar la noche de Halloween. Tantos años esperando a que Ariel, el capitán del equipo de futbol del instituto le prestara atención. Ahora que se encontraba prácticamente en sus brazos, no podía permitir que nada saliera mal. Por ello, poco le importaba como demonios llegó hasta allí. Su amiga Leticia se reía sin parar cuando entraron en la cripta, el agua caía a raudales en el exterior y se encontraban totalmente solos, por ello decidieron ir lejos de la mirada de los adultos a beber al cementerio.

Con la ropa mojada se acomodaron dentro de la bóveda, mientras Abigail, recostaba su cabeza en el hombro de Ariel. Cuando fue llegando las tres de la madrugada, la fiesta poco a poco se fue terminando y los últimos jóvenes decidieron marcharse. Abigail no tenía ninguna gana de volver a casa, aunque Ariel prácticamente no había hablado, le permitió acurrucarse junto a él y eso, significaba algo. Ahora se preguntaba si la acompañaría de regreso o si tan solo se despediría. 

—Vamos que es tarde. —Ariel se levantó del suelo y limpió sus pantalones—. Puedo acompañarte hasta casa si quieres.

—Claro, me encantaría. —Abigail se sonrojó, estaba saliendo todo perfecto—. Marchamos cuando tú quieras.

—Anda Leticia, vamos que es tarde. —De un rincón salió su amiga tambaleándose por la borrachera.

—Venga pesado, vamos para casa. —Dando tumbos paso por delante de Abigail y salió de la cripta rumbo al sendero—. No ves que estoy borracha tonto.

—Por eso tengo que llevarte a casa. —Ariel se cubrió con la chaqueta y fue detrás de Leticia.

—¡He! ¡Esperadme! —gritó Abigail mientras se sacudía la ropa para marchar.

Recogió su chaqueta negra, se la ató a la cintura y corrió detrás de los jóvenes, pero antes de que pudiera poner un pie en el exterior, una fuerza sobrehumana la golpeó hacía dentro. Desesperada atacó varias veces el umbral en vano y entre gritos agónicos vio cómo sus amigos se alejaban sin escucharla. Antes de dejarse arrastrar por la oscuridad, observó el grabado en la lapida, nuevo y reluciente, en donde su nombre iba acompañado de la frase *Descanse en paz*.

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