PISADAS

Las pisadas marcaban la madera del suelo. La silueta de unos pequeños pies llenos de barro dejaba un camino directo hacia el ático. Abie miró con recelo, dejando en su rostro una expresión de desconsuelo y mucho miedo. Antes estas cosas sucedían, eran normal, cuando su pequeño correteaba jugando, hasta que se fuera. Ahora ya no lo hace. Su hogar estaba muerto en vida, como todos los integrantes que aún estaban ahí. Subió las escaleras con lentitud, asomándose con cuidado al largo pasillo de la segunda planta.

          —Tranquila Abie. —Su marido le habló extrañado—. ¿Qué sucede cariño?

          —¿No lo has visto? ¿No ves sus pisadas? —preguntó asombrada—. Ha vuelto. ¡Está aquí! Y tú también.

            —Él nunca se ha ido cariño, al igual que yo.

          —¡Él se fue cuando murió Josef! ¡Como tú! Lo sabes muy bien.

          —No cielo. —El rostro se le llenó de pena—. Tú volviste, porque no somos capaces de que entiendas, que estás muerta.

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