EL TREN

El tren pasaba a toda velocidad por los Alpes escandinavos, la cordillera se extendía a lo largo de la costa entre montes y praderas. La noche sin luna, quitaba visibilidad dejando grandes formas oscuras en el horizonte, invitando a la imaginación. La niebla que salía entre los abedules se mezclaba con el humo de la locomotora, y el ruido de las furiosas ruedas contra las vías atacaban el sepultural silencio de la zona.

    Al salir de un túnel, la máquina rodó furiosa sobre un largo puente de madera, varios metros abajo se podía ver el inicio de un precipicio, oscuro y tétrico. Enzo miró por la ventanilla asustado y en ese momento un dejavú llegó a su mente, juraría que ya habían pasado varias veces por ese lugar, o tal vez no. Ensimismado, volvió a perder su vista entre las sombras del exterior.

    —¿Sabes dónde estamos? —Le habló una mujer que se encontraba sentada a su lado—. ¿O a dónde vamos?

    —Estamos en los Alpes —contestó Enzo, sin saber cómo había llegado esa mujer allí.

    —Eso ya lo sé, pero ¿en dónde exactamente? —Se le podía ver nerviosa y giraba el rostro hacia todos lados—. ¿No te has dado cuenta de que el tren no se detuvo? ¿En qué estación subiste?

            —Subí en… Lo siento, no puedo recordarlo. —Enzo la miró, pero al girar el rostro se volvió a perder contra el cristal húmedo de la ventanilla.

    —¡Oye! ¡Escúchame! Quiero saber dónde demonios estamos. —Se levantó violenta mientras el rostro comenzaba a sudarle con fuerza—. ¡Tenemos que pedir ayuda! Esto no está bien. ¡Socorro!

    Por la puerta del vagón dos hombres vestidos con sus impecables uniformes se acercaron con rapidez. La mujer los miró horrorizada y Enzo, a pesar de ser consiente de lo que estaba pasando a su lado, no era capaz de quitar su vista de la vieja ventanilla. 

    —Señora, debe acompañarnos. —El supervisor la sujetó del brazo y ella se revolvió con fuerza—. No se altere.

    —¡Socorro! ¿A dónde me llevan? —La dama golpeaba con fuerza a los hombres, forcejeando inútilmente—. ¡Quiero salir de aquí! ¡Paren el tren!

    —No le llevamos a ningún sitio, nadie sale de aquí. —Los hombres la inmovilizaron mientras hablaban entre ellos—. Esta alma está descontrolada, será mejor desintegrarla.

    —¿Qué alma? ¿De qué habláis? —preguntó Enzo mientras giraba la cabeza para ver el rostro lloroso de la mujer.

    —De nada interesante. —El hombre le dedicó una mirada a la dama, dejando ver sus ojos rojos y siniestros—. Ya se lo dije, nadie sale de aquí.

    Enzo volvió a mirar por la ventana, perdiéndose en el contorno de las montañas cuando el ferrocarril salió de un túnel hacia un gran precipicio. En ese momento un dejavú llegó a su mente, juraría que ya habían pasado varias veces por ese lugar, o tal vez no.

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