LA PRESA

Se despierta aturdido, confuso, pero de inmediato nota que no puede mover su cuerpo. El miedo se le dispara por su torrente sanguíneo y los latidos del corazón se le aceleran. La desesperación comienza a hacer su trabajo y se retuerce de forma frenética. Parpadea varias veces, pero no logra recuperar la visión, que aún permanece borrosa.

            ¿Qué le sucedió? ¿Dónde se encuentra? Un hilo de saliva cae por la comisura de sus labios y se da cuenta de que tiene una especie de parálisis, que sigue predominando en parte de su rostro. Quiere gritar, pero su voz no responde. Haciendo acto de toda su fuerza estira sus brazos hasta zafarse de aquellas ataduras que lo sostenían, ahora cae hacia la nada.

            Una suave red, esponjosa lo sostiene y lo balancea con delicadeza para que el golpe no sea demasiado fuerte. Se quiere incorporar, pero es imposible, se encuentra adherido a esa clase de malla de color blanquecino.

            Un ronroneo producto de la fricción de las extremidades de un cuerpo, alerta al hombre que no está solo. Ahora, a corta distancia puede observar con claridad a su acompañante. Sus cuatro pares de patas se sostienen firmes en la seda, y los rayos de sol dejan ver un leve brillo en sus pelos negros y puntiagudos. Los apéndices que rodean su boca se saborean mientras lo mira con sus ocho ojos indiferentes, es solo una presa. El hombre intenta gritar, pero ya es demasiado tarde, detrás del cuerpo redondo y voluminoso del arácnido salen millones de crías que corren hacia él. Ya es hora de comer.

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